Ser parte de su familia es dejar que su pasión por la vida plena del ser humano se vuelva nuestra. Es compartir su modo de mirar, su sensibilidad ante el dolor, su impulso de redención. Es levantar la voz cuando otros callan, es tender la mano cuando otros se apartan, es trabajar con esperanza cuando muchos se cansan.
El verdadero lazo familiar del discípulo es vivir con el mismo sentido con el que vivió Jesús: una vida ofrecida, encarnada, profética, siempre movida por el amor del Padre y por la dignidad de los más pequeños



