ORACIÓN DE MI SACERDOCIO

El obispo Angelelli terminó sus estudios eclesiásticos en Roma, donde se ordenó sacerdote el 9 de octubre de 1949. Estos versos los escribe en octubre de 1974, 25 años después, en Roma, cuando realiza la “visita ad límina apostolorum”.

Siento que mi tierra dolorida y esperanzada, reza y canta con su historia, vida y mensaje…
Peregrina conmigo en mi carne y mi sangre,
me parece escucharla con su chaya.

En esta Roma pecadora y fiel, un día floreció en mí una Unción…
“Sacerdote para siempre me dijiste entonces Señor”.
Veinticincos años vividos por esos caminos de Dios,
con mañanas de Pascua y tardes de dolor,
con fidelidades de hijo y debilidades de pecador,
con las manos metidas en la tierra del hombre…
de este pueblo tuyo que me entregaste Señor.

Mi vida fue como el arroyo…
Anunciar el aleluya a los pobres y pulirse en el interior;
canto rodado con el pueblo y silencios de “encuentros”…
contigo… solo… Señor.

Mi vida fue como el sauzal pegadita junto al río
para dar sombra nomás.

Mi vida fue como el camino… pegadita de arenal
para que la transite la gente pensando: “Hay que seguir
andando nomás”.

Mi vida fue como el cardón sacudida por los vientos y agarrada a Ti Señor;
vigía en noche de estrellas para susurrarle a cada hombre:
“Cuando la vida se esconde entre espinas, siempre florece una flor”.

Mi vida canta hoy dichosa a Ti Señor…
Es misterio que se hizo camino ya andando un buen trecho, Señor…
mesa que acoge y celebra los racimos ya maduros que tu sangre fecundó.

Todo esto soy Señor…
un poco de tierra y un Tabor,
veinticinco años de carne ungida
con un Cayado, un pueblo y una misión.
Hoy la tumba de Pedro es la Mesa de esta eucaristía, Señor
en mis manos renace, como entonces, la Nueva Carne de Amor.

Pablo, tu Vicario, me sale al encuentro como un hermano mayor…
me dice al oído: “Hermano, confirmo tu Fe y tu Misión,
recibe el ósculo de la paz y lleva a tu pueblo mi bendición”.

Y… mientras se encienden las estrellas…
Allá, lejos, sigue floreciendo el amor.

Por este sacerdocio tuyo que es mío y de tu pueblo,
muchas gracias, Señor.

Es hora que me despida de esta Roma que me ungió,
con un Credo agradecido a la Iglesia que me engendró…
con la esperanza de María,
¡hasta La Rioja, Señor!

La Patria está gestando un hijo con sangre y con dolor…
lloran los atardeceres esperando que el hijo nazca sin odios y con amor.
Mi tierra está preñada de vida en esta noche de dolor,
esperando que despunte el alba con un hombre nuevo, Señor.

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