LAS PALABRAS DE PEDRO REMOVIERON MI ALMA

Al llegar a la región de Cesarea de Filipo, Jesús preguntó a sus discípulos: «¿Quién dice la gente que es el Hijo del hombre?». Ellos contestaron: «Unos que Juan el Bautista, otros que Elías, otros que Jeremías o uno de los profetas».
Él les preguntó: «Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?». Simón Pedro tomó la palabra y dijo: «Tú eres el Mesías, el Hijo del Dios vivo». Jesús le respondió: «¡Bienaventurado tú, Simón, hijo de Jonás!, porque eso no te lo ha revelado ni la carne ni la sangre, sino mi Padre que está en los cielos. Ahora yo te digo: tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y el poder del infierno no la derrotará. Te daré las llaves del reino de los cielos; lo que ates en la tierra quedará atado en los cielos, y lo que desates en la tierra quedará desatado en los cielos». Y les mandó a los discípulos que no dijesen a nadie que él era el Mesías

(Mateo 16,13-20).

Abba, en mi arduo caminar me he sostenido en una confianza profunda en ti, en oración siempre me escuchas. He constatado que, a diferencia de las respuestas frágiles, las preguntas son oportunas, en particular, las que interrogan sobre el sentido del ser.

Me regocijo en tu presencia, Abba, feliz de estar contigo, que me conoces desde lo más íntimo de mí mismo, al igual que tu Hijo amado te conoce desde lo más íntimo de ti mismo. He abierto mis ojos al Espíritu, que enciende en mi interior el fuego de tu amor.

Hoy, cuestioné a mis discípulos quién dicen los hombres que es el Hijo del hombre, Abba. Me dijeron que unos como el malvado de Herodes Antipas creían que era Juan Bautista resucitado. Otros que era Elías y unos más Jeremías, el profeta doliente, o uno de los profetas. Abba, la opinión de la gente no acierta con mi identidad. Aunque hay algo de verdad en algunas de sus percepciones, pues conceptualizarme como profeta equivale a reconocer una misión divina.

Les pregunté enseguida su opinión personal, Abba. Y Simón pronunció estas palabras: «Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo».

Abba, escuché decir al portavoz de mis apóstoles, esa verdad que anida en mi interior. Y cambié su nombre, al igual que tú cambiaste el de Abrán; y un cambio de nombre equivale a un cambio de destino. Y le hice una promesa excepcional, al depositar en sus manos las llaves de tu Reino.

Me habías dicho, Abba, con esa elocuencia tan tuya, discreta a carta cabal, lo que hoy escuché de labios del portavoz de mis apóstoles.

Abba, la fuerza avasalladora de sus deslumbrantes palabras, removieron el fondo último de mi alma.

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