LA EPIFANÍA DEL SEÑOR

Epifanía en griego significa «manifestación». En Occidente recordamos la visita de los Reyes Magos: a través de este acontecimiento, el Señor se «manifiesta» a los paganos, y por lo tanto, al mundo. En las Iglesias orientales, esta solemnidad subraya la «manifestación» trinitaria durante el Bautismo de Jesús en el Jordán. Si en el centro del día de Navidad está el nacimiento del Niño, en la Epifanía se destaca que este Niño pobre y débil es el Rey Mesías, el Señor del mundo. Con la Epifanía se cumple la profecía de Isaías que la liturgia ha elegido como primera lectura: «Levántate y revístete de luz, porque tu luz está llegando» (Is 60,1ss), como si dijera: no te cierres, no te desanimes, no te quedes preso de tus convicciones, no te desmoralices, reacciona, ¡mira hacia arriba! Como los Reyes Magos, mira las estrellas y encontrarás a «la estrella” Jesús.

Del Evangelio según san Mateo

Cuando nació Jesús, en Belén de Judea, bajo el reinado de Herodes, unos magos de Oriente se presentaron en Jerusalén y preguntaron: «¿Dónde está el rey de los judíos que acaba de nacer? Porque vimos su estrella en Oriente y hemos venido a adorarlo».
Al enterarse, el rey Herodes quedó desconcertado y con él toda Jerusalén. Entonces reunió a todos los sumos sacerdotes y a los escribas del pueblo, para preguntarles en qué lugar debía nacer el Mesías. «En Belén de Judea, –le respondieron–, porque así está escrito por el Profeta: «Y tú, Belén, tierra de Judá, ciertamente no eres la menor entre las principales ciudades de Judá, porque de ti surgirá un jefe que será el Pastor de mi pueblo, Israel»».
Herodes mandó llamar secretamente a los magos y después de averiguar con precisión la fecha en que había aparecido la estrella, los envió a Belén, diciéndoles: «Vayan e infórmense cuidadosamente acerca del niño, y cuando lo hayan encontrado, avísenme para que yo también vaya a rendirle homenaje».
Después de oír al rey, ellos partieron. La estrella que habían visto en Oriente los precedía, hasta que se detuvo en el lugar donde estaba el Niño. Cuando vieron la estrella se llenaron de alegría, y al entrar en la casa, encontraron al Niño con María, su madre, y postrándose, le rindieron homenaje. Luego, abriendo sus cofres, le ofrecieron dones, oro, incienso y mirra.
Y como recibieron en sueños la advertencia de no regresar al palacio de Herodes, volvieron a su tierra por otro camino.  (Mt 2,1-12)

Los Reyes Magos

Los Reyes Magos se ponen en marcha y van al lugar donde era lógico buscar a un rey, al palacio. Su llegada crea tal revuelo que Herodes convoca a los sacerdotes y fariseos, los expertos en las Escrituras. Ellos «saben» que el Mesías debe nacer en Belén, pero su conocimiento no va más allá. No se convierte en vida, en experiencia. Se quedan quietos, permanecen seguros y cómodos en el palacio. Los Magos vienen de lejos porque se han puesto en camino; los sacerdotes y fariseos están ya cerca, pero se encuentran bloqueados por la ceguera de sus conocimientos, por sus certezas, por sus posiciones de privilegio… Parece que Dios no se revela allí donde se busca el protagonismo de la fama.

La crisis

Los Magos caminan siguiendo la estrella, pero en un momento dado dejan de verla, tan fuerte era su certeza de que el rey estaba en el palacio; una certeza que desorientó momentáneamente su búsqueda, y se perdieron. Pero entonces, tras cuestionarse, «convertirse», la estrella volvió a aparecer, guiándoles hacia su objetivo.

Este pasaje es hermoso e importante, porque nos hace comprender que el drama del hombre no es nunca el de caer, el de equivocarse, sino el de rendirse ante las caídas. Como los Reyes Magos, buscadores de la verdad, corremos el riesgo, a veces o a menudo, de dejarnos deslumbrar por nuestras convicciones, hasta el punto de perder el rumbo. Hoy los Magos nos enseñan a no tener miedo de cuestionar nuestras certezas y conclusiones, porque un verdadero «buscador» sabe aceptar los errores y ponerse en marcha de nuevo. El corazón tiene grandes deseos, tiene hambre de justicia y de verdad, de alegría y de esperanza. Seguir la estrella es seguir los propios deseos elevados, nobles, justos y bellos, aquellos que entran en el corazón y son capaces de mover la vida, de ponerla en marcha, sabiendo afrontar las dificultades, los riesgos y las derrotas, como les ocurrió a los Reyes Magos.

El encuentro con el Niño, el Rey

Cuando la búsqueda está animada por la verdad, entonces se encuentra lo que se busca, incluso en un «Niño envuelto en pañales acostado en un pesebre» (Lc 2,12, Misa de Nochebuena). Este pasaje es interesante. De hecho, no basta con «buscar» si no se tiene un corazón puro, si no se está libre de intereses partidistas, si no se está animado por sentimientos de verdad.
Herodes buscaba al Niño, pero sabemos que este deseo estaba viciado (cfr. Mt 2,16: «Herodes se dio cuenta de que los Reyes Magos se habían burlado de él… mandó matar a los niños). Llevado por el temor, prisionero de su poder, Herodes no es capaz de ver en ese Niño lo que realmente es, y se deja llevar por el miedo a tener un competidor peligroso.

La Epifanía manifiesta a Jesús y a los corazones

La Epifanía no sólo manifiesta a Jesús, el Hijo de Dios, sino que revela los corazones, mostrando que el Salvador puede ser acogido (como hicieron los pastores y los Magos) y también rechazado (Herodes). En cada uno de nosotros hay una parte que es como los Reyes Magos y otra que es como Herodes: hay una parte de nosotros que siempre está dispuesta a ponerse en camino, a conocer y comprender, a crecer y mejorar, a superarse; pero también hay un Herodes que siempre está dispuesto a destruir los sueños y las esperanzas. Un Herodes siempre dispuesto a hacer una «masacre» de todo nuestro deseo de bien, de belleza, de justicia, que no acepta que encontremos al Niño capaz de cambiarnos la vida. Unos Reyes Magos que nos enseñan que la vida es un viaje que pide ser vivido como Jesús, y un Herodes que nos engaña y halaga diciendo que el éxito y el poder son lo único que vale.

Los regalos

El oro y el incienso recuerdan los regalos de la reina de Saba a Salomón, una referencia que también encontramos en el salmo. Con el oro reconocemos la realeza de Jesús, con el incienso su divinidad, con la mirra su humanidad, considerando que es una sustancia empleada, entre otras cosas, para embalsamar los cuerpos de los muertos. La luz de la estrella lleva siempre a un acto de adoración, a un postrarse ante el misterio que se ha hecho cercano. Lleva a dar, pero aún más a darse a sí mismo. Es precisamente el «darse» lo que impide a muchos dejarse atraer por Jesús, lo que lleva a muchos a temer perder posiciones, comodidades, seguridad, privilegios y lo que les impide cambiar de vida y convertirse.

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