1º Meditación, Cuaresma 2026
Fray Roberto Pasolini
Predicador de la Casa Pontificia
Fuente: Vatican News, traducción del italiano, ChatGPT
Después de los Ejercicios Espirituales guiados por la figura de san Bernardo de Claraval, las meditaciones cuaresmales de este año no podían sino inspirarse en la experiencia cristiana de Francisco de Asís. Los dos santos no están lejos uno del otro: Bernardo muere en 1153, Francisco nace en 1181, a menos de treinta años de distancia. Es como si el testigo de la secuela evangélica se pasara de mano en mano, a través de los siglos, sin apagarse nunca.
Este año se cumplen ochocientos años de la muerte de Francisco, y el Santo Padre ha querido que el aniversario quede marcado por un nuevo jubileo especial, invitando a la Iglesia entera a dejarse alcanzar de nuevo por la gracia de Dios a través del testimonio del Poverello de Asís. Francisco no es solo un santo para recordar o admirar: es un hombre atravesado por el fuego del Evangelio, capaz de reavivar en cada uno la nostalgia de una vida nueva en el Espíritu.
Para recorrer su camino espiritual, la primera meditación se detiene en su conversión y se desarrolla en cinco pasos: el cambio de gusto que la gracia opera en la sensibilidad; la alteración producida por el pecado y la necesidad de una sanación radical; la humildad como verdadera medida de la grandeza humana; la elección de hacerse más pequeños como forma propia de la vida bautismal; por último, el carácter continuo de la conversión, que no se cumple una vez y para siempre, sino que comienza de nuevo siempre.
El cambio de gusto
¿Qué queremos decir cuando hablamos de conversión? Es una pregunta que merece ser formulada con honestidad, porque las respuestas posibles son muchas y no todas por igual fieles al Evangelio. La catequesis tradicional la describe como un retorno a Dios después del alejamiento del pecado. La teología moral subraya su dimensión de cambio de conducta. La tradición ascética insiste en la necesidad de prácticas penitenciales que disciplinen el cuerpo y la voluntad. La Escritura, por su parte, usa un término que atraviesa y supera todas estas perspectivas: metánoia, cambio de la mente, del corazón, de la manera profunda en que se percibe la realidad. No una simple corrección de rumbo, sino una transformación de la mirada. No solo una revisión de los comportamientos, sino una revolución de la sensibilidad.
¿Quién tiene razón? En cierta medida, todos. Pero hay un orden que respetar. Comprender dónde comienza de verdad la conversión —cuál es su punto originario— no es una cuestión teórica. Es el problema más concreto que exista. Si equivocamos el punto de partida, corremos el riesgo de construir sobre cimientos frágiles.
Sabemos que la conversión evangélica es ante todo iniciativa de Dios, a la que el hombre es llamado a participar con toda su libertad. No es ni pura pasividad ni pura conquista. Es una respuesta: la respuesta más adecuada que un ser humano pueda dar a la gracia que lo precede y lo llama. La conversión sucede en el punto más íntimo de nuestra naturaleza, allí donde la imagen de Dios impresa en nosotros espera ser despertada. Es como si algo, largo tiempo silente, volviera repentinamente a vibrar.
Aquí la experiencia de Francisco de Asís se revela valiosa. En su Testamento, dictado pocos meses antes de la muerte, él escribe así:
«El Señor me dio a mí, hermano Francisco, para comenzar a hacer penitencia así. Cuando yo estaba en los pecados, me parecía cosa demasiado amarga ver a los leprosos; y el Señor mismo me condujo entre ellos y obré con ellos misericordia. Y al alejarme de ellos, lo que me parecía amargo me fue cambiado en dulzura de ánimo y de cuerpo» (Testamento, Fonti Francescane 110).
Al recordar las etapas esenciales de su camino, Francisco afirma en primer lugar que la iniciativa es toda del Señor. Es Dios quien le regaló comenzar a hacer penitencia, es decir, entrar en un camino de conversión. El “hacer penitencia” de que habla Francisco no debe entenderse como un ejercicio ascético para merecer la gracia de una nueva relación con Dios. Alude más bien a un cambio completo de sensibilidad: una nueva manera de mirar a sí mismo, a los demás y a la realidad a la luz del Evangelio.
Este cambio comienza de forma muy concreta: cuando él empieza a tener misericordia de los demás. Es el centro de su relato. En ese encuentro con los leprosos el joven Francisco experimenta un definitivo vuelco de gusto: descubre una dulzura inesperada justamente donde no la buscaba y donde ni siquiera la esperaba encontrar.
En el momento en que se entrega gratuitamente a los más pobres de la sociedad, olvidándose por primera vez de sí mismo, Francisco encuentra la respuesta a ese desasosiego que habitaba su corazón: la amargura de una vida llena de muchas cosas pero aún vacía de su valor esencial. Ese encuentro provoca en él un terremoto interior: lo que antes le parecía amargo se vuelve dulce.
Este es el corazón de la conversión: no ante todo un acto de la voluntad, sino una transformación interior, un misterioso cambio de la sensibilidad. Este cambio no elimina nuestra participación; la vuelve más verdadera, más libre, más gozosa. El esfuerzo no desaparece, pero cambia de signo. La conversión deja de ser el intento de enderezar la vida con las propias fuerzas, y se convierte en la respuesta a una gracia que ha redefinido los parámetros de nuestro modo de percibir, de juzgar y de desear.
Pensemos, en cambio, qué pasa cuando este paso falta. Si estuviéramos obligados cada día a comer alimentos cuyo sabor nunca apreciamos, podríamos hacerlo por disciplina, por un tiempo, pero sin alegría y con creciente cansancio. Si alguien cultivara una pasión sin haber experimentado jamás su placer y resonancia interior, terminaría pronto por vivirla como un peso. Si se construyera una vida con alguien sin haber sentido un amor verdadero, esa relación correría el riesgo de convertirse en una forma de coacción. Y si un religioso se pusiera hábitos, realizara gestos y pronunciara palabras en nombre de un Dios conocido solo de oídas, sin una experiencia personal real, terminaría por vivir un profundo malestar interior, que podría repercutir también en las personas a él confiadas.
Son situaciones difíciles de sostener por mucho tiempo. Y algo similar ocurre cuando la conversión está mal planteada: cuando nos pedimos —o incluso pedimos a otros— adherir a una moral sin haber antes saboreado la dulzura de la vida nueva en Cristo.
El “hacer penitencia” de que habla Francisco no es un programa de austeridad voluntarista, sino el comienzo de una lucha para defender y custodiar el tesoro de un nuevo sabor de las cosas, finalmente recuperado. Es alimentar con fidelidad la semilla de una vida nueva que Dios ha logrado plantar en la tierra de nuestro corazón.
La alteración del pecado
Para entender por qué la conversión debe ser tan radical —por qué no basta corregir algún comportamiento, sino que hace falta un verdadero renovar la sensibilidad— hay que sondear la profundidad del surco que el pecado ha cavado en nosotros. Hablamos de esa odiosa distancia de nosotros mismos, de esa fatiga para querer realmente el bien que, sin embargo, reconocemos como tal, de esa escisión entre lo que somos y lo que quisiéramos ser. San Pablo lo dice con una desarmante honestidad en la Carta a los Romanos:
«No comprendo mis propios actos: no hago lo que quiero, sino lo que aborrezco. Y cuando hago lo que no quiero, reconozco que la ley es buena. Mas ya no soy yo quien lo hace, sino el pecado que habita en mí. Sé, porque la ley me dice, que en mí, esto es, en mi carne, no habita el bien: puedo querer el bien, pero no hallo el modo de hacerlo» (Romanos 7,15-18).
Estas palabras no describen la condición de un pecador que no quiere cambiar, sino de quien desea el bien y, sin embargo, se descubre haciendo el mal que no quiere. Por eso la conversión exige toda una vida: porque la herida del pecado no solo afecta algunas elecciones equivocadas, sino que toca más profundamente el modo mismo en que estamos hechos.
Para entender el origen de esta condición, debemos volver al principio. El relato de Génesis 3 no habla simplemente de una transgresión, sino que documenta una transformación profunda ocurrida en el hombre después del gesto de desobediencia. Antes incluso de que aparezca la reacción de Dios, el texto anota dos cosas importantes: el hombre se da cuenta de que está desnudo, y experimenta el sentimiento del miedo, buscando esconderse de Dios.
«Entonces se abrieron los ojos de ambos y conocieron que estaban desnudos;
cosieron hojas de higuera y se hicieron cinturones» (Génesis 3,7).
«Y llamó Jehová Dios al hombre y le dijo: ‘¿Dónde estás?’.
Él respondió: ‘Oí tu voz en el huerto:
tuve miedo, porque estaba desnudo, y me escondí’» (Génesis 3,9-10).
El miedo y la vergüenza son los primeros frutos del pecado. No un castigo que viene desde afuera, sino un cambio que nace dentro del ser humano. Antes de la caída, el hombre y la mujer estaban desnudos y no sentían vergüenza. Tras el pecado se rompe ese equilibrio. Nace una fractura: con Dios, con el otro y aun con uno mismo. El hombre ya no se siente en paz, empieza a percibirse equivocado y a mirar al otro con desconfianza. Por eso aparecen el miedo y la vergüenza. No son emociones superficiales, sino el signo de un grave malestar: el hombre advierte dentro suyo una grieta entre lo que desea ser y lo que descubre que es.
Esto es lo que produce el pecado. No le quita algo a Dios: nos altera a nosotros. Se confunden las categorías de nuestra sensibilidad: ya no reconocemos con claridad lo que es bueno, verdadero y bello. Y así perdemos también la medida justa de nosotros mismos, olvidando la grandeza a la que somos llamados.
Vivimos en un tiempo en que la palabra “pecado” parece casi desaparecida de nuestra manera de pensar. En la conciencia común —y a veces también en la vida de la Iglesia— todo se explica como fragilidad, herida, límite, condicionamiento. Cuando aún se habla de pecado, a menudo se reduce a un pequeño error o a una debilidad.
En esa mirada hay algo de verdad. La tradición espiritual siempre ha reconocido que la fragilidad humana no se reduce a la mala voluntad y que el juicio debe ir acompañado de misericordia. El problema surge cuando esa perspectiva sustituye a la teológica en lugar de integrarla. Si todo pecado se vuelve solo un síntoma y toda culpa una disfunción, corre el riesgo de desaparecer algo esencial: la grandeza de la libertad humana y de su responsabilidad. Si cada elección es solo resultado de nuestra historia, de nuestros traumas o de nuestros condicionamientos, entonces todo se vuelve explicable y, al final, justificable. Pero si así fuera, la libertad sería solo una ilusión y la responsabilidad moral perdería sentido.
Aquí aparece un paradoja. Si ya no existe la posibilidad de un mal verdadero, tampoco podemos creer en la posibilidad de un bien verdadero. Si el pecado desaparece, la santidad se convierte también en un destino abstracto e incomprensible.
Por eso la fe cristiana toma en serio el pecado. No para acusar al hombre, sino para custodiar y afirmar su grandeza. Para reconocer que sus elecciones importan de verdad, que su libertad es real y que con ella puede construir o destruir: a sí mismo, a los otros, al mundo. Significa también reconocer que dentro de nosotros hay una herida real, que no se resuelve con algún ajuste, sino que necesita una sanación profunda.
La conversión es un itinerario exigente, porque tiene la tarea de sanar nuestra existencia haciendo que recuperemos la relación con Dios, nuestro Creador y Salvador. Es un don de la gracia, pero toma forma en la repetición concreta de gestos y elecciones que hemos comenzado a vivir en la libertad y en el amor. Su eficacia depende justamente de la capacidad de custodiar en el tiempo esos gestos, aun cuando se vuelvan fatigosos o repetitivos. No es un esfuerzo estéril: es la fidelidad de quien ya ha vislumbrado el sentido y el valor de lo que vive y, precisamente por eso, continúa practicándolo con libertad y con gozo.
Cuando san Francisco, tras el encuentro con los leprosos, percibe por primera vez dentro suyo algo verdadero y libre, su respuesta no es una rendición ni una renuncia: es un reconocimiento. Y cuando, en la pequeña iglesia de la Porciúncula, escucha el Evangelio y comprende que esa palabra lo llama por nombre, reacciona con un grito de alegría: «Esto quiero, esto pido, esto anhelo hacer de todo corazón» (Vida Primera de Tomás de Celano 22, FF 356).
Francisco comienza a hacer penitencia porque en el encuentro con Cristo vuelve por fin a ser él mismo: la imagen del hombre nuevo “creado según Dios en justicia y santidad verdadera” (Efesios 4,24), esa imagen que el pecado había oscurecido y que la gracia estaba devolviendo a la luz.
La medida recuperada
En la historia de la Iglesia, Francisco de Asís es conocido por haber abrazado una pobreza radical, elegida como forma esencial de su vida evangélica. Pero si leemos con atención sus escritos, vemos que su amor por la pobreza nunca está separado de una profunda estima por la humildad. En la Regla no Bullada escribe: «Todos los frailes se esfuercen en seguir la humildad y pobreza de nuestro Señor Jesucristo» (Regla no Bullada, IX, FF 29). En una célebre alabanza, escribe: «Señora santa pobreza, el Señor te salve con tu hermana, la santa humildad», explicando cómo las dos virtudes actúan juntas para purificar al hombre: «La santa pobreza confunde la codicia y la avaricia y las preocupaciones del siglo presente. La santa humildad confunde la soberbia y todos los que están en el mundo» (Saludo a las Virtudes, FF 256.258).
Para Francisco pobreza y humildad nunca son separables, porque brotan directamente del misterio de la Encarnación. En la Carta a toda la Orden, reflexionando sobre el misterio eucarístico, exclama: «¡Oh humildad sublime! ¡Oh sublimidad humilde, que el Señor del universo, Dios y Hijo de Dios, así se humilla que por nuestra salvación se oculta bajo la poca apariencia de pan!» (FF 221). Y, tras la experiencia de las Estigmas en el monte Alverna, se dirige a Dios diciendo: «Tú eres humildad» (Alabanzas al Dios Altísimo, FF 261).
El Cristo pobre y humilde no es para Francisco una imagen devocional entre otras, sino el nombre más preciso de ese Dios revelado en la Encarnación y en la Pascua de su Verbo eterno. En la pobreza y en la humildad reconoce los rasgos mismos de Dios, que el hombre está llamado a vivir porque creado a su imagen y semejanza.
Si la pobreza, en la forma radical vivida por Francisco, concierne solo a quienes se sienten llamados a esa vocación, la humildad es un camino que todo bautizado está llamado a recorrer si quiere acoger plenamente la gracia de la vida en Cristo.
Vale la pena, entonces, redescubrir el sentido auténtico de una palabra a menudo malentendida, partiendo de su etimología. El latín humilitas está emparentado con humus, la tierra. El humilde es quien viene de la tierra, que pertenece a la tierra, que no olvida ser tierra. El gesto de las cenizas con que se entra en Cuaresma —“acordate que sos polvo y al polvo volverás”— no es una invitación a la tristeza ni al desprecio de sí: es una restitución a la verdad. Es la manera en que la Iglesia nos devuelve a nuestra medida más auténtica, liberándonos del peso asfixiante de aquello que no somos.
Y sin embargo, la humildad ha sido con frecuencia malinterpretada. En el mundo clásico, este concepto tenía casi siempre una connotación negativa: indicaba lo insignificante, miserable, servil. Algunos filósofos (Spinoza y Nietzsche) heredaron luego esa desconfianza, leyendo en la humildad o una pasión triste nacida de la contemplación de la propia impotencia, o la virtud de los cobardes que elevan a valor lo que no es más que debilidad. También dentro de la historia espiritual cristiana la humildad ha conocido sus deformaciones: reducida a ejercicio de desprecio de sí, a mortificación sin fin, a veces incluso máscara de la hipocresía. Por eso se volvió una palabra difícil de pronunciar y aún más difícil de encarnar.
Pero la humildad cristiana no tiene nada que ver con esas falsificaciones. La tradición lo ha aclarado con lucidez: la humildad no es simplemente una virtud que se conquista con la voluntad. Es más bien una manera de habitar el mundo y las relaciones; es fruto de una experiencia —a menudo marcada por las mismas humillaciones— que redimensiona la imagen inflada que tenemos de nosotros y nos devuelve a la verdad. Es un don del Espíritu antes que un ejercicio ascético.
Jesús lo sabía tan bien que hizo de la humildad la única cualidad que, en todo el Evangelio, pidió explícitamente imitar. No dice: aprended de mí a hacer milagros o a resucitar muertos. Dice solo: “Aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón” (Mateo 11,29). En esa palabra condensó su modo entero de estar en el mundo. Los Padres sacaron una conclusión radical: vivir la humildad no significa añadir algo a una vida cristiana normal, sino comprenderla hasta lo más profundo a la luz del Evangelio. El humilde es, sencillamente, el cristiano. San Agustín, invitando a Diosscoro a abrazar la fe cristiana, escribe: «El camino de la verdad es el siguiente: primero la humildad, segundo la humildad, tercero la humildad; y si volviera a preguntarme, siempre te respondería lo mismo» (Epístola 118,3.22).
La humildad no empobrece al hombre: lo devuelve a sí mismo. No lo achica: lo restituye a su verdadera grandeza. Por eso está tan estrechamente ligada a la conversión. El pecado original nace precisamente de un rechazo de la humildad: de no querer aceptarse como seres humanos, finitos y dependientes de Dios. La conversión, entonces, no puede entenderse sino también como un retorno a la humildad. No un degradarse por debajo de la propia realidad, sino un reingreso en ella. Un descender desde la falsa estimación de sí a la propia verdad para descubrir que esa verdad, en el fondo, desde el principio ha sido bendecida.
Hacerse más pequeños
Si volvemos al encuentro de Francisco con los leprosos, podemos captar un aspecto aún más sorprendente de su intuición evangélica. Francisco era un hombre sediento de plenitud: buscaba gloria, perseguía sueños, deseaba vivir intensamente. Durante toda la vida intentó hacerse “más grande”: mercader afirmado, caballero, hombre de prestigio. Pero esas aspiraciones no le devolvían lo que buscaba. Cuando, en cambio, se encuentra frente a alguien “más pequeño” que él sucede lo inesperado: emerge su verdadera grandeza. No por la conquista, sino por el abrazo. No subiendo, sino inclinándose.
Francisco comprende entonces algo sorprendente: en el mundo creado por Dios el lugar privilegiado es el de los pequeños. Justamente en ellos se manifiesta ese “poder” del que habla el Evangelio, aquel de llegar a ser hijos de Dios. Un hijo, en efecto, está absolutamente en paz con el hecho de depender de un Padre. Por eso no tiene miedo de ser quien es y no siente vergüenza al pedir. De esa libertad surge una fuerza particular: la capacidad de suscitar el bien en los demás. Los pequeños, con su fragilidad, despiertan la misericordia, que es quizá la energía más preciosa del mundo.
Por eso el poverello de Asís pide a sus compañeros llamarse «frati minori». No para parecer más humildes, sino para vivir realmente como pequeños: hombres que no ocupan todo el espacio, sino que lo abren a los otros. Ser pequeños, para Francisco, es la manera concreta de encarnar el Evangelio: apertura radical y hospitalidad hacia el otro.
Para enseñar a sus frailes el valor de esa posición secundaria, Francisco los exhorta a salir a mendigar cuando el trabajo no alcance para asegurar lo necesario.
«Y cuando sea menester, vayan por limosna. […] Y los frailes que trabajan para adquirirla tendrán gran recompensa y la hacen ganar y adquirir a los que la dan; porque todas las cosas que los hombres dejen en el mundo perecerán, pero de la caridad y de las limosnas que hicieron recibirán el premio del Señor» (Regla no Bullada, IX, FF 31).
Salir a pedir limosna no era para Francisco una estrategia legítima —tal vez astuta— para obtener comida y otros bienes materiales. Era una manera de activar en los otros la misericordia y la generosidad: de hacer experimentar a otros la misma experiencia que él había vivido en el encuentro con los leprosos.
Jesús, en el Evangelio, insistió mucho en la pequeñez como cifra del misterio del Reino y como condición para poder acceder a él. Paragonó la lógica del Evangelio a una semilla: pequeña, pero capaz de convertirse en un árbol que acoge a las aves en sus ramas. Explicó a los discípulos —siempre tentados por sueños de grandeza— que solo quien se hace pequeño como un niño puede entrar en el reino de los cielos. Más aún: que quien quiere ser grande debe hacerse pequeño y hacerse servidor de todos.
¿No es esto, al fin y al cabo, el gran secreto de la Encarnación? ¿Por qué Dios, queriendo asumir nuestra humanidad, lo hizo haciéndose no solo hombre sino niño, naciendo en el vientre de la Virgen —sino también para despertar lo mejor de nuestra humanidad. Es ante alguien que no suscita ni temor ni competición que dejamos de tener miedo y vergüenza, y volvemos a donar lo que somos.
Hacerse pequeños, entonces, no es una renuncia ni una disminución: es una dimensión esencial del ser cristiano. Ciertamente, no toda forma de pequeñez es auténtica. A veces lo que llamamos humildad no es más que la manera —sutil e engañosa— de alimentar nuestras inseguridades, de dejar que nuestros límites nos dominen o de eludir la fatiga de la vida y de las relaciones. Es una falsificación que adopta muchas máscaras. Pero cuando elegimos hacernos —no quedarnos— pequeños porque hemos reconocido la pequeñez de Dios y nos hemos sentido por él acogidos y amados, entonces esa elección no es regresión ni renuncia: es el rostro del hombre nuevo que el Bautismo nos devuelve.
La conversión continua
Si la conversión es un cambio de sensibilidad que sana el desequilibrio producido por el pecado y nos devuelve a la medida justa de nuestra humanidad —esa pequeñez que nos hace partícipes de la naturaleza de Dios— queda un último paso, quizá el más exigente: reconocer que la conversión no termina nunca.
A menudo imaginamos la conversión como un paso nítido: antes el pecado, luego la decisión de cambiar y, finalmente, el camino hacia la santidad. Es un esquema reconfortante, pero la vida en el Espíritu es más compleja y paciente de lo que pensamos. Pecado, conversión y gracia no son etapas sucesivas: en la vida concreta están entrelazados. Permanecemos pecadores, estamos siempre en conversión y así somos santificados por el Espíritu. Convertirse significa recomenzar continuamente ese movimiento del corazón por el cual nuestra pobreza se abre a la gracia de Dios.
Este llamado nos es familiar: cada Cuaresma nos recuerda la responsabilidad de verificar la vitalidad de nuestro bautismo. Y, sin embargo, cuando la conversión adopta la forma concreta de la pequeñez, algo en nosotros resiste. Aceptamos cambiar, pero cuesta dejarnos redimensionar. Preferimos fortalecernos antes que empequeñecer la propia imagen y las propias exigencias.
Así resurge el hombre viejo, a veces en vicios evidentes, otras en formas más sutiles y hasta religiosas: la necesidad de reconocimiento, la búsqueda de un rol, la autorreferencialidad. Por eso la lucha es real: es la pelea por permanecer pequeños y humildes. Es ese trabajo interior incesante que nos libera de la imagen de nosotros mismos y nos hace capaces de ponernos de verdad al servicio, con libertad y concreción.
El apóstol Pablo conocía bien la lucha por custodiar la pequeñez y la libertad de los hijos de Dios. En la Segunda Carta a los Corintios, acusado de debilidad mientras otros —los “superapóstoles”— se imponen con fuerza, él rechaza la vía de la ostentación. No porque le falten razones, sino porque ha comprendido algo decisivo: la debilidad no es una etapa que superar, sino la forma misma de su vida en Cristo. Y escribe:
«Me gloriaré, pues, con gusto en mis debilidades, para que repose sobre mí el poder de Cristo. […] Cuando soy débil, entonces soy fuerte» (2Corintios 12,9-10).
No es solo un gesto personal de humildad: es una declaración teológica. La pequeñez no es una estrategia ni una actitud exterior, sino la forma de la vida bautismal. El cristiano se presenta desarmado porque sigue al Maestro, que se vació y transformó la cruz en fuente de vida.
A menudo pensamos que la pequeñez evangélica es posible solo cuando todo va bien. En realidad sucede lo contrario: es en los conflictos y en las dificultades cuando se vuelve más necesaria. Cuando el instinto empuja a defenderse o a imponerse, allí se ve si hemos realmente aprendido el Evangelio de la cruz. La luz muestra su fuerza no cuando todo está claro, sino cuando reinan las tinieblas.
Sobre esta pequeñez se funda el misterio de comunión en la Iglesia, como nos recordó el Santo Padre en su última audiencia:
«En esto consiste la santidad de la Iglesia: en que Cristo la habita y continúa donándose a través de la pequeñez y fragilidad de sus miembros. Contemplando este perenne milagro que en ella acontece, comprendemos el “método de Dios”: Él se hace visible a través de la debilidad de las criaturas, continuando a manifestarse y a obrar» (Papa León, Audiencia General, 4 de marzo de 2026).
En días que vuelven a estar marcados por el dolor y la violencia, hablar de pequeñez puede parecer un discurso abstracto, casi un lujo espiritual. En realidad es una responsabilidad concreta, ligada al destino del mundo. La paz no nace solo de acuerdos políticos, ni de estrategias diplomáticas o militares, sino de hombres y mujeres que encuentran el coraje de hacerse pequeños: capaces de dar un paso atrás, de renunciar a la violencia en todas sus formas, de no ceder a la tentación de la revancha y la prevaricación, de elegir el diálogo aun cuando las circunstancias parecen negarlo.
Es un trabajo exigente y cotidiano. No podemos postergarlo ni delegarlo. Quien se reconoce hijo de Dios sabe que esta conversión del corazón le incumbe personalmente. Por eso podemos apropiarnos de las palabras que san Francisco, al final de su vida, marcado por las Estigmas, no cesaba de repetir a sus hermanos:
«Comencemos, hermanos, a servir al Señor nuestro Dios, porque hasta ahora poco hemos progresado» (San Buenaventura, Leyenda Mayor XIV,1; FF 1237).
Omnipotente, eterno, justo y misericordioso Dios, concede a nosotros los míseros hacer, por amor tuyo, lo que sabemos que quieres, y querer siempre lo que te agrada, para que, interiormente purificados, interiormente iluminados y encendidos por el fuego del Espíritu Santo, podamos seguir las huellas de tu Hijo amado, el Señor nuestro Jesucristo, y con la ayuda de tu sola gracia llegar a ti, oh Altísimo, que en la Trinidad perfecta y en la Unidad simple vives y reinas y eres glorificado, Dios omnipotente por todos los siglos de los siglos. Amén.
P. Roberto Pasolini, OFM Cap.
Predicador de la Casa Pontificia

