2º Meditación, Cuaresma 2026
Fray Roberto Pasolini
Predicador de la Casa Pontificia
Fuente: Vatican News, traducción del italiano, ChatGPT
En la primera meditación cuaresmal entramos en el corazón de la conversión de Francisco. Vimos cómo la gracia actuó en él produciendo un verdadero cambio de gusto, una transformación de su sensibilidad que cambió la manera en que el Pobrecillo de Asís miraba su propia vida, a los demás y a la realidad. El encuentro con los leprosos, el progresivo desapego de las ambiciones del mundo, la elección de la humildad como forma concreta de la vida bautismal nos mostraron que la conversión no nace, ante todo, de un esfuerzo de la voluntad, sino de la respuesta a un Dios que, con su gracia, nos precede y nos llama. Es un camino que no se cumple de una vez para siempre, sino que vuelve a empezar continuamente.
Sin embargo, esa conversión no quedó para Francisco como una experiencia solitaria. En cierto momento el Señor le regaló hermanos. Y es justamente ese don —inesperado y gratuito, pero también profundamente exigente— el que está en el centro de la meditación de hoy.
La fraternidad no es un accesorio de la vida espiritual, ni simplemente un contexto favorable para crecer más fácilmente en la gracia. Es el lugar donde la conversión se pone verdaderamente a prueba: el banco de prueba más serio y, al mismo tiempo, el signo más elocuente de lo que el Evangelio puede realizar en nuestra vida.
El camino que intentaremos recorrer se articula en cinco etapas. En primer lugar, el origen de la fraternidad franciscana como don recibido. Luego, el realismo de la Escritura frente a la fraternidad negada, con el relato de Caín y Abel. Después, la exigencia de un amor que va más allá de la simple cordialidad. A continuación, el fundamento cristológico sin el cual ningún vínculo fraterno puede sostenerse realmente. Y finalmente, el horizonte escatológico, en el cual la fraternidad vivida se vuelve ya, de alguna manera, un anticipo de la vida eterna.
El don de los hermanos
Al comienzo de su conversión Francisco vivía solo. Después el Señor le regaló hermanos, y para él fue una gran sorpresa. En el Testamento lo recuerda así:
Francisco no había pensado en fundar un grupo religioso. La llegada de los compañeros Bernardo y Pedro lo obligó a volver a ponerse a la escucha de Dios y a preguntarse nuevamente cuál era su voluntad. Los tres entraron entonces en una iglesia, abrieron los textos sagrados y buscaron allí su camino. Comprendieron que vivirían según el Evangelio: trabajando con sus propias manos, en comunión con la Iglesia, anunciando la penitencia y alternando momentos de retiro con la vida entre la gente.
«Y después que el Señor me dio hermanos, nadie me mostraba qué debía hacer, sino que el mismo Altísimo me reveló que debía vivir según la forma del santo Evangelio» (Testamento 14).
Así nació la fraternidad. En ella podían encontrarse nobles y gente del pueblo, ricos y pobres, clérigos y laicos. Francisco quería que entre los frailes no hubiera relaciones de poder o de superioridad, como sucedía en la sociedad de su tiempo. Todos debían llevar el mismo nombre: hermanos menores.
La forma de la primera fraternidad franciscana buscaba ser fiel a la enseñanza de Jesús:
«Uno solo es su Maestro y ustedes son todos hermanos. Y no llamen “padre” a nadie en la tierra, porque uno solo es el Padre de ustedes, el del cielo» (Mt 23,8-9).
Leyendo los escritos de Francisco se percibe enseguida su deseo de una fraternidad viva, intensa y llena de calor humano. No sorprende entonces que en las Reglas aparezcan indicaciones muy claras y concretas:
«Todos los hermanos no tengan ningún poder o dominio, sobre todo entre ellos. Y cualquiera que quiera ser mayor, que sea su ministro y servidor; y el que sea mayor entre ellos hágase como el menor. Y que ningún hermano haga mal ni diga mal de otro; sino más bien, por la caridad que viene del Espíritu, sírvanse y obedézcanse de buena gana unos a otros» (Regla no bulada V, 9-13).
Y también:
«Y dondequiera que estén o se encuentren los hermanos, muéstrense entre ellos familiares unos con otros. Y cada uno manifieste al otro con confianza sus necesidades, porque si una madre alimenta y ama a su hijo según la carne, ¿cuánto más cuidadosamente debe uno amar y alimentar a su hermano espiritual?» (Regla bulada VI, 7-8).
En estas palabras se percibe el mismo espíritu que animaba a las primeras comunidades cristianas:
«La multitud de los creyentes tenía un solo corazón y una sola alma, y nadie consideraba como propio lo que poseía, sino que todo lo tenían en común» (Hch 4,32).
Y, sin embargo, la fraternidad no fue en absoluto una experiencia fácil para Francisco y sus compañeros. Algunos pasajes de la Regla no bulada dejan entrever tensiones y dificultades muy concretas:
«Que todos los hermanos se cuiden de calumniar a alguien y eviten las discusiones… Que no peleen entre ellos… Que no se enojen… Que no juzguen ni condenen» (Regla no bulada XI).
De estas palabras se entiende por qué Francisco estaba convencido de que la vida de los frailes debía tener como única medida el Evangelio. La fraternidad no era —ni es— un lugar donde refugiarse para vivir tranquilos, como si bastara con estar juntos para encontrar paz. Es más bien el espacio donde cada uno es conducido a las profundidades de su propio corazón, con todas sus sombras y resistencias.
Los hermanos son un don del Señor. Pero justamente por eso no tienen simplemente la función de ayudarnos o sostenernos en el camino: nos son confiados para que nuestra vida pueda cambiar. A través de ellos nuestro corazón está llamado a convertirse, pasando —como dice la Escritura— del corazón de piedra al corazón de carne.
Incluso la palabra griega que indica “hermano” alude a este misterio. Adelphós significa literalmente “el que viene del mismo seno”. Según el Evangelio, ese seno común no coincide simplemente con nuestra humanidad, sino que tiene sus raíces en Dios, ese Dios que nadie ha visto jamás y que el Hijo nos ha revelado (cf. Jn 1,18).
Esto es lo que hace que la fraternidad sea tan preciosa como exigente: el otro no es como yo ni me pertenece, sino que viene de Dios.
En hermano uno se convierte
Con gran realismo, la Escritura cuenta que reconocer al otro como hermano no es algo inmediato. Volviendo a las raíces de la violencia que atraviesa la historia humana, el relato de Génesis 4 reconoce —a través de la relación dolorosa entre Caín y Abel— que la fraternidad, antes que nada, es negada.
El centro de este texto tan duro y tan verdadero no es tanto el homicidio como la fraternidad fallida.
El problema de esta herida original está en una cuestión de mirada. El relato del Génesis dice simplemente que Dios mira con favor la ofrenda de Abel, pero no la de Caín. El texto es sobrio y no explica el motivo. Uno de los intentos de interpretación más plausibles nace de un detalle del relato: Abel ofrece los primogénitos de su rebaño, mientras que Caín presenta simplemente algunos frutos de la tierra. Abel parece implicarse a sí mismo en el don, ofreciendo lo que tiene de más propio y valioso; Caín, en cambio, parece limitarse a dar algo.
No es tanto la calidad de la ofrenda lo que marca la diferencia, sino que aquello que se ofrece represente realmente la propia vida.
Caín, sin embargo, no interpreta así el gesto de Dios. No responde a su palabra ni habla con Abel. El relato se vuelve cada vez más esencial hasta llegar al gesto trágico: Caín se levanta contra su hermano y lo mata.
Después del crimen, la culpa lo abruma. Y entonces Dios interviene de nuevo de manera sorprendente: no elimina a Caín, sino que lo protege, poniendo sobre él un signo para que nadie lo mate. Incluso después del mal cometido, Dios no lo abandona.
Este relato nos pone frente a una pregunta que no podemos evitar: ¿quién es Caín dentro de nosotros?
La tentación más espontánea es identificarnos con Abel: la víctima inocente, el justo incomprendido. Pero la Escritura no nos deja en esa comodidad. Nos pide un paso más honesto: reconocer que la historia de Caín también nos toca de cerca.
Dentro de cada uno de nosotros vive la misma posibilidad de endurecernos, de cerrarnos, de dejar que el resentimiento se transforme en distancia y la distancia en una forma de violencia. No necesariamente física, pero real: el silencio obstinado, la palabra que hiere, la indiferencia que se levanta como un muro.
La verdadera fraternidad empieza cuando dejamos de señalar al otro y comenzamos a reconocer que los posibles responsables del mal podemos ser, ante todo, nosotros.
Amar más
Reconocer que dentro de nosotros habita también la posibilidad de Caín no es el final del camino, sino el comienzo. Inmediatamente surge una pregunta muy concreta: ¿cómo se manifiesta, en la vida cotidiana, esta falta de fraternidad?
Casi nunca en formas extremas de violencia. Más bien en formas más sutiles: marginar al otro, ignorarlo, minimizar lo que hace o dice.
La tradición franciscana conserva una carta que Francisco escribió a uno de sus ministros entre 1221 y 1223, cuando la Orden crecía rápidamente y comenzaban a aparecer tensiones en la vida fraterna. El destinatario era un fraile cansado y desanimado, porque algunos hermanos tenían comportamientos difíciles.
Francisco le responde de una manera sorprendente. No le dice que corrija a los hermanos ni que se aleje. Le propone mirar justamente esa dificultad como el lugar donde seguir de verdad a Cristo:
«Aquellas cosas que te impiden amar al Señor Dios… considéralas como una gracia… Ama a quienes actúan así contigo… y no pretendas que sean mejores cristianos… Esto sea para ti más que estar en un eremitorio».
Desde esta perspectiva, la fraternidad no es un problema que hay que soportar, sino el lugar donde se verifica la verdad de nuestra vida espiritual.
Francisco llega incluso a decir:
«Que no haya ningún hermano en el mundo que, por mucho que haya pecado, después de haber mirado tus ojos se vaya sin tu perdón… y si mil veces pecara delante de tus ojos, ámalo más por eso».
De la muerte a la vida
¿Es realmente posible llegar a ese “más” del amor fraterno?
Muchas veces vivimos en ambientes donde todo parece cordial y ordenado: nadie grita, nadie discute, todos se saludan con amabilidad. Pero sabemos que esa calma exterior no siempre corresponde a relaciones verdaderas.
¿Por qué entonces volver a intentar recomponer los vínculos?
La respuesta de Francisco es sencilla: porque nuestros vínculos están fundados en una llamada de Dios. No en la simpatía ni en la afinidad, sino en el hecho de que Dios nos eligió y nos llamó a vivir juntos.
Jesús mismo deja entrever esta verdad en un episodio del Evangelio de Marcos. Cuando le dicen que su madre y sus hermanos lo buscan, responde:
«¿Quién es mi madre y quiénes son mis hermanos? … El que hace la voluntad de Dios, ese es para mí hermano, hermana y madre» (Mc 3,33-35).
Jesús no rechaza la familia natural. Revela algo más profundo: existe un vínculo más fuerte que la sangre, el vínculo que nace de hacer juntos la voluntad del Padre.
Por eso una comunidad cristiana no es simplemente un grupo humano que se eligió por afinidad. Es una asamblea convocada por Dios.
Y ese vínculo necesita ser alimentado constantemente volviendo a la fuente: la relación viva con Cristo.
La vida eterna
La Pascua es el criterio para verificar nuestras relaciones fraternas: por la manera en que tratamos a los hermanos se entiende si hemos pasado de la muerte a la vida.
Como dice el apóstol Juan:
«Nosotros sabemos que hemos pasado de la muerte a la vida porque amamos a los hermanos» (1 Jn 3,14).
La fraternidad vivida se vuelve así el lugar donde el bautismo muestra si realmente está dando fruto.
San Francisco expresa esta verdad con palabras sorprendentes en la Regla no bulada:
«Amemos a nuestros enemigos… Son amigos nuestros todos los que injustamente nos causan tribulaciones… porque por lo que nos infligen tenemos la vida eterna».
Es una intuición fuerte: a veces nuestra conversión nace precisamente de lo que otros nos hacen, incluso cuando nos hiere.
La fraternidad y el mundo
El tema de la fraternidad no se limita a la vida de la Iglesia. Toca el deseo más profundo de la humanidad. En todas las culturas los seres humanos han soñado con una convivencia reconciliada.
Los creyentes en Cristo conservamos una convicción sencilla: la fraternidad universal se vuelve posible cuando el ser humano redescubre su apertura a Dios.
Como recuerda el papa Francisco en Fratelli tutti:
«Sin una apertura al Padre de todos no habrá razones sólidas y estables para el llamado a la fraternidad… La razón por sí sola puede establecer la igualdad entre los hombres, pero no logra fundar la fraternidad».
Cuando reconocemos a Dios como Padre de todos, aprendemos a mirar a cada persona con una dignidad que ninguna diferencia puede borrar.
Por eso, en estos días de Cuaresma, los cristianos no estamos llamados solo a hablar de fraternidad como un ideal. Estamos llamados a recibirla como un don y asumirla como una responsabilidad muy concreta.
Este trabajo empieza siempre cerca: con las personas que comparten nuestra vida cotidiana.
Oración final
Dios omnipotente, eterno, justo y misericordioso,
concédenos a nosotros, pobres, hacer por tu amor
lo que sabemos que tú quieres,
y querer siempre lo que a ti te agrada.
Para que, interiormente purificados,
interiormente iluminados
y encendidos por el fuego del Espíritu Santo,
podamos seguir las huellas de tu Hijo amado,
nuestro Señor Jesucristo,
y, con la ayuda de tu sola gracia,
llegar hasta ti, oh Altísimo,
que en la Trinidad perfecta y en la Unidad simple
vives y reinas y eres glorificado,
Dios omnipotente por los siglos de los siglos.
Amén.
P. Roberto Pasolini, OFM Cap.
Predicador de la Casa Pontificia

