Sedientos llegamos al fin de la semana con la esperanza de compartir la gracia de la mesa Eucarística del domingo y recobrar fuerzas. Tener sed de Dios es desearlo, desear su Palabra, su gracia, sus dones, su perdón, consuelo y fortaleza.
Los golpes de la realidad nos dejan sedientos, pero la gracia nos colma y nos renueva para seguir caminando.

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