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Nació en 1869 cerca de la región del Darfur (Sudán). Cuando era todavía una niña, fue raptada y vendida en varios mercados de esclavos de África. Vivió una cruel servidumbre y, finalmente, fue liberada. Se convirtió al cristianismo y fue religiosa en las «Hijas de la Caridad».

Durante más de 50 años vivió dedicada a diversos trabajos en su comunidad religiosa. Ya anciana, tuvo una enfermedad larga y dolorosa. Su vida sencilla y humilde estuvo marcada por las bienaventuranzas evangélicas. Fue pobre de espíritu, bondadosa, misericordiosa, limpia de corazón, constructora de paz.

Murió el 8 de febrero de 1947, fue beatificada en 1992 y canonizada por Juan Pablo II° el 1° de octubre de 2000.

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De niña nunca se había puesto un vestido hasta el día en el que fue secuestrada por dos comerciantes árabes de esclavos, que aparecieron de la nada en los campos, cerrándole el paso y obligándola a marcharse con ellos, amenzándola con un cuchillo, como se roba a una gallina de un gallinero.

Aquel día en el que su vida se convirtió en una pesadilla, la pequeña de 9 años por miedo, olvidó todo, incluso su propio nombre y el de sus padres con quienes vivía serenamente.

Esclava

Por ello, los traficantes de esclavos decidieron llamarla «Bakhita», que significa “afortunada”, un nombre atroz que sonaba a burla para aquella pequeña que se había convertido en una mercancía que pasaba de mano en mano en los mercados de El Obeid y Khartoum.

Un día, mientras prestaba servicio para un general turco, le hicieron un “tatuaje” grabado a fuego en su piel, con 114 cortes que fueron cubiertos de sal para que la herida cicatrizara con relieve.

La Luz

Bakhita sobrevive a todo esto y un día un rayo de luz ilumina aquel infierno.

El comerciante italiano Calixto Leganini la compra en 1882, y fue así que por primera vez Bakhita fue tratada bien, poniendo fin a 10 años de inhumana brutalidad sometida como esclava.

Dos años más durará este oasis de felicidad con el funcionario que la trata con afecto, hasta que este se ve obligado a regresar a su hogar bajo la presión de la revolución mahdista.

Bakhita recordará posteriormente ese preciso momento en el que se dijo: «Atrévete a pedirle que te lleve a Italia con él». Calixto acepta y en 1884 aterriza en la península donde a la pequeña “ex esclava”, le aguarda un destino inimaginable. Se convierte en la niñera de Alice, hija del matrimonio Michieli, amigos de los Leganini, que viven en Zianigo, municipio de Mirano Veneto.

La Hermana Morena

En 1888 la pareja que la aloja debe partir rumbo a África y durante 9 meses, Bakhita y Alice se quedan a cargo de las Hermanas Canossianas de Venecia.  Después de revestirse el cuerpo, Bakhita también comienza llenarse el alma. Conoce a Jesús, aprende el catesismo y el 9 de enero de 1890 recibe el Bautismo, la Comunión y Confirmación de manos del Patriarca de Venecia, adoptando el nombre de Josefina, Magarita, Fortunata.

En 1893 entró en el noviciado de las Canossianas, tres años después profesó sus votos, y durante 45 años fue cocinera, sacristán y sobre todo vigilante del convento de Schio, donde aprendió a conocer a la gente y la gente a apreciar la suave sonrisa, bondad y la fe de esta “hermana morena”, tal y como la llamaban muchos, cariñosamente.

Besar las manos de aquellos traficantes

Para toda la comunidad de Schio fue una jornada de luto cuando Josefina Bakhita murió el 8 de febrero de 1947 a causa de una pulmonía. “Afortunada” de verdad fue su vida, tal y como ella misma lo diría en varias ocasiones: “Si encontrara a aquellos traficantes de esclavos que me secuestraron, e incluso a aquellos que me torturaron, me arrodillaría y les besaría las manos, porque, si aquello no hubiera sucedido, no sería ahora cristiana ni religiosa”.

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