«Es una misión muy noble y una fuente de gran mérito dedicarse a la educación de los niños, especialmente los pobres, para ayudarles a alcanzar la vida eterna. Quien se hace su maestro y, mediante la formación intelectual, se compromete a educarlos, especialmente en la fe y la piedad, cumple de alguna manera con los niños el oficio mismo de su ángel de la guarda, y tal actividad en favor del desarrollo humano y cristiano es muy digna de ser sostenida y alabada».

José Calasanzio nació en Aragón, España, en una familia noble relativamente acomodada: su padre era un distinguido herrero y artesano. Recibió una buena educación religiosa, pero cuando le expresó a su padre la intención de entrar en el seminario, éste, que soñaba con una carrera militar para él, se opuso en un principio, pero luego accedió de buen grado y lo envió a estudiar a las universidades de Lleida y Valencia. José no defraudará la ayuda y la buena voluntad de su padre, pues sólo un poco después de su graduación y la profesión de votos solemnes, será elegido Vicario general de la diócesis de Urgel.

En Roma, entre los hijos de la nobleza y los pobres chicos de la calle

En 1592 viajó a Roma, tal vez para resolver asuntos urgentes en las Oficinas de la Santa Sede. Se alojó en la mansión del cardenal Colonna, un viejo amigo suyo, y se convirtió en el tutor de sus sobrinos. Fueron precisamente estas tareas, en marcado contraste con lo que observaba en sus paseos por las calles de la ciudad, las que le aclararon sus ideas. En Roma, José realizaba su ministerio sacerdotal visitando a los enfermos en los hospitales y en las cárceles, pero eran los jóvenes que veía en las calles los que más lo impresionaban: jóvenes, a menudo niños, tan desprovistos de todo, abandonados a sí mismos, a la ignorancia y al vicio, que pronto se habrían convertido en delincuentes. En su reflexión sobre los contrastes entre la refinada educación de los ricos y el abandono de los pobres, juzgó que en la ciudad del Papa tales injustos extremos eran indadmisibles y que él tenía que hacer algo para mejorar tal anomalía. En un instante José se sintió como iluminado pues comprendió cuál era su camino: rescatar a los jóvenes pobres de la degradación a la que parecían condenados; salvarlos a través de una educación completa y permanente, que no se limitara al frio catecismo dominical normalmente explicado por los sacerdotes. Finalmente se sintió lleno de paz y de seguridad para emprender lo que el Señor se esperaba de él.

La educación como derecho fundamental de la persona

Empezó pidiendo ayuda a los padres jesuitas y a los dominicos, pero ellos ya estaban también muy llenos de su propias actividades; así que con la ayuda del párroco de Santa Dorotea en el Trastevere, que puso a su disposición dos locales, abrió la primera escuela gratuita de Europa para los jóvenes de escasos recursos económicos. José no tenía un proyecto educativo muy específico: vivía de la providencia día tras día pero conservaba una convicción irrenunciable de alcance revolucionario para su misión, pues consideraba la educación como un derecho fundamental de la persona; la educación de los pobres no debía ser sólo un gesto de caridad, sino un acto de justicia social. Pronto encontró otros sacerdotes dispuestos a prestar su servicio de enseñanza en forma gratuita y en 1612, gracias a sus benefactores y con la aprobación de la Santa Sede, consiguió incluso comprar un edificio en la Plaza Navona de Roma: a este punto sus alumnos eran casi unos 1500.

Una idea triunfante que despertó mucha envidia

En 1617 José sintió que debía crear una especie de «seguro de vida» para la futura permanencia de sus escuelas y, después de haber conseguido la aprobación del Papa, fundó la Congregación Paulina de los Pobres de la Madre de Dios de las Escuelas Pías, los futuros Padres Escolapios. Fue así que en 1622, con Gregorio XV, la Congregación se transformó en una Orden regular y el mismo José, en retiro en Narni, escribió sus constituciones. Desafortunadamente, las insidias acechaban su obra, pues ya desde aquella época la educación y la cultura eran un derecho reconocido exclusivamente a las clases más ricas; fue así que la obra de José comenzó a ser desacreditada por los ricos conservadores que querían mantener el statu quo y que comenzaron a calumniarlo, tanto que fue denunciado al Santo Oficio y la Orden fue reducida a la condición de una Congregación de sacerdotes seculares, sujetos a la jurisdicción del obispado.

La Orden de los Escolásticos y el cuarto voto

Muy fatigado en su cuerpo y en su espíritu, José regresó a la casa del Padre en 1648, sin haber visto la reconstitución de la Congregación, que fue reconocida de nuevo como una Orden religiosa según las reglas de su fundador sólo en 1699. Los Padres Escolapios que, finalmente, pudieron profesar los votos solemnes según las nuevas constituciones, añadieron un cuarto voto a los tres habituales: el de educar a los jóvenes como misión primaria. Desde entonces, sus escuelas se fueron extendiendo por los diversos continentes y hoy en día tienen 222 casas dispersas por todo el mundo. José, sepultado en Roma, fue canonizado por Clemente XIII en 1767 y en 1948 fue proclamado por Pío XII «Patrón universal de todas las escuelas cristianas populares del mundo».

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