Germán nació alrededor del año 634 en Constantinopla y fue hijo del senador Justiniano. Se educó en el ambiente clerical y luego fue ordenado como presbítero. Llegó a ser el decano de la famosa Basílica de Santa Sofía y se destacó por la promoción del Sínodo Trulano del año 692, en el que se confirmaron todas las decisiones doctrinales tomadas en los Concilios celebrados hasta entonces. De hecho, este santo se caracterizó sobre todo por su defensa de la pureza de la fe. Espléndidas, a este respecto, las palabras reservadas a san Germán por el Papa Benedicto XVI durante la Audiencia General del 29 de abril de 2009: «Este Santo tiene hoy tres cosas que decirnos: La primera: en cierto modo Dios es visible en el mundo, en la Iglesia, y debemos aprender a percibirlo. La segunda es la belleza y la dignidad de la liturgia. La tercera cosa es amar a la Iglesia. En la Iglesia Dios habla con nosotros, en la Iglesia ‘Dios pasea con nosotros'»

Los «ascensos» de un valiente clérigo

La ortodoxia doctrinal de Germán lo llevò a ser nombrado obispo del entonces Cizico, en el Mar de Mármara. Sin embargo, en el 712 Germano, parece ser que fue presionado por el emperador para firmar un documento poco ortodoxo, dirigido a restablecer la herejía monotelista que afirmaba la existencia de una única voluntad divina en Cristo. A pesar de ese incidente, en 715 fue nombrado Patriarca de Constantinopla, desde donde volvió a defender con fuerza la única fe católica y se convirtió en un gran pilar de la ortodoxia, razón por la cual aún hoy es recordado.

Contra el «partido» iconoclasta

En 725 el emperador de Oriente León III Isaúrico emitió el primer edicto iconoclasta, que prohíbía y castigaba el culto de imágenes e iconos. León III estaba convencido de que la consolidación del imperio debía comenzar precisamente con una purificación de la fe, y por eso consideraba que era su deber eliminar todo aquello que pudiera ser un riesgo de idolatría. Tales impulsos hacia la iconoclastia, en realidad, ya estaban presentes desde antaño en el Imperio Bizantino, hasta el punto de formar una verdadera y propia corriente a la que desafortunadamente algunos obispos también llegaron a unirse. Por su parte, Germán no había adherido a tal tendencia. Fue el 7 de enero de 730 cuando definió su posición en una reunión pública, diciendo que se negaba en absoluto a plegarse a la voluntad del emperador. Germán defendió su convicción de que las imágenes formaban parte de la ortodoxia de nuestra fe, pues eran otro modo de representarla gracias a la belleza y al amor. Tal postura será defendida tambièn por el Papa Gregorio II, quien, incluso llegó a afirmar que los iconos eran «la Biblia hecha en imágenes», pero esto no fue suficiente para evitar que Germán se retirase deprimido y cansado en una especie de autoexilio a Platanión, donde morirá muy viejo pero también muy santo.

Un mariólogo ante litteram

Como el emperador hizo quemar casi todas sus obras, nos quedaron muy pocos escritos de Germán, pero de los restantes nos damos cuenta de que se perdieron para siempre muchos más. Además de cuatro cartas dogmáticas vinculadas a la cuestión del culto de los iconos, se conservaron siete espléndidas homilías suyas, que han marcado profundamente la piedad y la devoción de generaciones enteras de fieles, tanto en Oriente como en Occidente. María no sólo es vista como mediadora en la concesión de dones y gracias, en razón de su estrecha unión al Salvador, sino que es celebrada y cantada por su pureza, tanto es así que el pensamiento de San Germán puede ser considerado como precursor del dogma de la Inmaculada Concepción establecido sólo en 1854. Una de las homilías del santo también fue citada por Pío XII en la Constitución Apostólica con la que estableció el dogma de la Asunción de la Virgen en 1950.

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