La reflexión del obispo Eduardo García.
Hoy rezamos por nuestros difuntos. Los confiamos al amor de Dios, que conoce su historia entera, sus luchas, sus fragilidades y sus gestos de bondad. Pedimos que su misericordia lleve a plenitud cuanto en ellos quedó incompleto.
Y rezamos también por quienes seguimos peregrinando. Que el dolor no nos encierre, que la nostalgia no nos impida amar y que la esperanza nos sostenga para continuar haciendo el bien.
La vida eterna comienza a hacerse presente cuando amamos como Jesús, cuando perdonamos y cuando ayudamos a otro a levantarse. Cada gesto de misericordia anuncia, en medio de este mundo herido, la vida que Dios quiere para todos.
Hoy podemos llorar con esperanza. Podemos recordar con gratitud. Podemos poner en las manos del Padre a quienes tanto amamos, confiando en que su amor es más fuerte que la muerte.


