ORANDO CON LA PALABRA

La reflexión del obispo Eduardo García.

La higuera no da fruto y podría ser cortada. Sin embargo, el viñador pide una nueva oportunidad: cava alrededor, pone abono, la cuida y vuelve a esperar.

Así es Dios con nosotros. No se cansa fácilmente, no descarta, no abandona porque todavía no dimos el fruto esperado. Sigue trabajando nuestra tierra y ofreciéndonos nuevas oportunidades.

Pero la paciencia de Dios no significa que todo da lo mismo. Dios espera porque espera frutos. Frutos de conversión, de justicia, de fraternidad, de misericordia y de compromiso con quienes sufren.

También nuestras comunidades necesitan preguntarse qué frutos están dando. Una Iglesia que solamente se conserva a sí misma, pero no genera vida a su alrededor, necesita volver a escuchar este Evangelio.

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Hay heridas que muchas veces permanecen invisibles y que se viven en la más profunda soledad. Quienes atraviesan una enfermedad mental suelen enfrentar, además del propio sufrimiento, el peso del estigma y la indiferencia de quienes miran hacia otro lado. Frente a esta realidad, la Iglesia está llamada a ser casa abierta, comunidad que escucha sin juzgar y que acompaña.