La reflexión del obispo Eduardo García.
Una sociedad puede crecer y enriquecerse, pero si deja personas tiradas al costado del camino, algo profundamente humano está fallando. Para Dios nadie sobra.
Por eso la Iglesia no puede encerrarse en la sacristía. No está llamada a reemplazar a la política ni a convertirse en un poder más, pero tampoco puede callar cuando los pobres son olvidados y la dignidad humana es pisoteada.
Quizá entonces la pregunta más profunda del Evangelio no sea cuánto debemos darle al César, sino:
¿Le estamos dando verdaderamente a Dios lo que es de Dios?
Porque a Dios no se le entrega solamente una moneda. Se le entrega la vida. Y se lo reconoce también en la vida y la dignidad de los pobres.


