LOS PAPAS Y LA PALABRA

San Juan Pablo II – Audiencia general, 13 de marzo de 1991

El Consolador, el Espíritu Santo, estará con los Apóstoles. Cuando Cristo ya no esté en la tierra, el Espíritu Santo los acompañará en los largos períodos de aflicción, que durarán siglos (cf. Jn 16, 17 ss.). Por tanto, estará con la Iglesia y en la Iglesia, especialmente en las épocas de luchas y persecuciones, como Jesús mismo promete a los Apóstoles con aquellas palabras que refieren los evangelios sinópticos: «Cuando os lleven a las sinagogas, ante los magistrados y las autoridades, no os preocupéis de cómo o con qué os defenderéis, o qué diréis, porque el Espíritu Santo os enseñará en aquel mismo momento lo que conviene decir» (Lc 12, 11-12; cf. Mc 13, 11); «No seréis vosotros los que hablaréis, sino el Espíritu de vuestro Padre el que hablará en vosotros» (Mt 10, 20). Esas palabras se pueden referir a las tribulaciones que sufrieron los Apóstoles y los cristianos de las comunidades fundadas y presididas por ellos; pero también a todos los que, en cualquier lugar de la tierra, en todos los siglos, tendrán que sufrir por Cristo. Y, en realidad, son muchos los que, en todos los tiempos, incluidos los recientes, han experimentado esta ayuda del Espíritu Santo. Ellos saben ―y pueden dar testimonio de ello― qué gozo produce la victoria espiritual que el Espíritu Santo les concedió alcanzar. Toda la Iglesia de hoy lo sabe y es testigo de ello.

Fuente: Vatican News

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Hay heridas que muchas veces permanecen invisibles y que se viven en la más profunda soledad. Quienes atraviesan una enfermedad mental suelen enfrentar, además del propio sufrimiento, el peso del estigma y la indiferencia de quienes miran hacia otro lado. Frente a esta realidad, la Iglesia está llamada a ser casa abierta, comunidad que escucha sin juzgar y que acompaña.