La reflexión del obispo Eduardo García.
Jesús se retira a orar, necesita sentirse Hijo amado, respirar el cariño de su Abbá. Desde ese encuentro con el Padre mira la realidad, encuentra paz y sabiduría y renueva la fuerza para su misión.
Al verlo, los discípulos le piden: «Señor, enséñanos a orar». Esperaban quizás una fórmula, pero Jesús les enseña mucho más: una nueva manera de relacionarse con Dios.
La oración ya no queda encerrada en el templo. Allí donde Jesús se encuentra con el Padre hay un lugar sagrado. Dios está cerca y podemos dirigirnos a Él con la confianza de un hijo: Abbá, Padre.
«Padre nuestro». En estas dos palabras está encerrada una verdadera revolución. Al decir Padre, reconocemos que somos hijos amados. Al decir nuestro, descubrimos que nadie puede presentarse solo delante de Dios: entran en nuestra oración los que tienen hambre, los que están solos, los descartados, los heridos y también aquellos que nos cuesta reconocer como hermanos.


