La reflexión del obispo Eduardo García.
A Juan Bautista lo rechazaron porque era demasiado austero. A Jesús porque comía y bebía con todos. Cuando el corazón no quiere cambiar, siempre encuentra una razón para no escuchar a Dios.
Nosotros también podemos construir un Dios que confirme lo que pensamos, bendiga nuestras seguridades y no cuestione nuestra manera de vivir. Pero el Dios de Jesús muchas veces nos espera precisamente allí donde preferiríamos no encontrarlo: en el pobre, en el herido, en el pecador, en quien quedó afuera, en aquel que nuestra sociedad ya dio por perdido.
Dios no eligió manifestarse desde el poder, sino tomando un rostro humano. Habló con palabras sencillas, caminó nuestras calles y se mezcló con la vida de la gente. Dios se hizo cercano para enseñarnos que nadie está demasiado lejos como para no poder ser alcanzado por su misericordia.


