La reflexión del obispo Eduardo García.
Amar al enemigo significa negarse a multiplicar el mal recibido. Significa decidir que la herida no gobernará nuestra vida y que quien nos hizo daño no determinará la persona en la que vamos a convertirnos.
El amor al enemigo no es un aspecto secundario del Evangelio. Es el lugar donde el amor cristiano muestra su verdad. Amar cuando somos correspondidos es gratificante; amar cuando no recibimos nada a cambio es participar del amor de Cristo.
Solo el amor puede detener aquello que el odio repite. Y únicamente cuando amamos sin esperar recompensa comenzamos a parecernos al Padre, que hace salir el sol sobre todos sus hijos.


