La reflexión del obispo Eduardo García.
Los escribas y fariseos estaban pendientes de Jesús para encontrar de qué acusarlo. Tienen delante a un hombre que recupera su mano y, sin embargo, no pueden alegrarse. La defensa de sus leyes ha vuelto más importante que la recuperación de un hermano.
Ese es el peligro de una religión que pierde la misericordia: puede terminar defendiendo a Dios mientras deja al hombre tirado al costado.
El Dios que Jesús revela, es el Dios que se acerca, que levanta, que devuelve dignidad, que hace posible comenzar nuevamente. Para Jesús, ninguna enfermedad, ningún pecado, ninguna pobreza ni ninguna herida hacen que una persona valga menos. La fragilidad puede herir profundamente una vida, pero nunca borrar su dignidad



