La reflexión del obispo Eduardo García.
Comúnmente nos resulta más fácil hablar del otro que hablar con el otro. Y no es lo mismo: hablar del otro lo deja lejos; hablar con el otro abre la posibilidad del encuentro.
Frente al error del otro, Jesús propone una lógica diferente: la verdad sin amor puede destruir, pero un amor que nunca se atreve a decir la verdad tampoco ayuda a crecer. La corrección fraterna necesita de ambas cosas: la valentía de la verdad y la delicadeza del amor.
Porque la corrección cristiana nace de una responsabilidad profundamente fraterna: el otro no me es indiferente. Su vida, sus heridas, sus errores y también su posibilidad de cambiar me importan. Somos responsables unos de otros, no para vigilarnos, juzgarnos o controlarnos, sino para ayudarnos mutuamente a caminar hacia una vida más verdadera y más fiel al Evangelio.



