La reflexión del obispo Eduardo García.
En medio de tantos, Jesús sigue viendo rostros. Donde nosotros podemos ver estadísticas, problemas sociales, pobres, enfermos, adictos, descartados o personas difíciles, Dios siempre ve hijos, historias y heridas concretas.
Por eso este Evangelio también cuestiona nuestra manera de vivir la fe. Podemos acostumbrarnos a hablar de misericordia sin acercarnos a quien sufre, defender grandes principios sin tocar ninguna herida, celebrar nuestra fe sin permitir que el dolor de los demás altere nuestra comodidad. Pero Jesús no anuncia solamente con palabras: su cercanía se convierte en sanación y su compasión en gestos concretos.
La fe cristiana se conjuga en voz activa. Se hace cercanía, escucha, servicio, justicia, cuidado. Una fe que nunca toca ninguna herida corre el riesgo de convertirse en una fe que solamente habla de Dios.



