Ser discípulo es caminar liviano. No significa despreciar los bienes, sino utilizarlos para servir; no poner la seguridad en lo que tenemos, sino en Aquel que nos llama; no vivir acumulando, sino compartiendo.
Ante esta exigencia, surge la pregunta: «Entonces, ¿quién podrá salvarse?». Jesús responde que para los hombres es imposible, pero para Dios todo es posible. La salvación no se compra, no se conquista ni se merece: se recibe como gracia. Pero esa gracia necesita un corazón dispuesto a dejarse transformar.
El joven tenía muchas riquezas, pero se fue triste. Porque la verdadera pobreza no consiste en tener poco, sino en poseer mucho y no ser libre para compartirlo.




