También nosotros podemos preguntarle a Jesús qué nos falta. Tal vez cumplimos, rezamos y participamos de la vida de la Iglesia, pero seguimos aferrados al dinero, al poder, al prestigio, a la comodidad o a la necesidad de controlar todo. No basta con ser personas correctas: el Evangelio nos llama a ser libres para amar.
Vivimos en una sociedad que mide el valor de las personas por lo que poseen, producen o muestran. Nos convencen de que acumular es progresar y que consumir es vivir. Sin embargo, cuanto más queremos asegurar la vida, más miedo tenemos de perderla. Y mientras algunos acumulan lo que nunca podrán usar, muchos carecen de lo necesario para vivir.
Jesús no condena la riqueza por sí misma; denuncia el corazón que se cierra y los bienes que no se comparten. No puede llamarse discípulo quien permanece indiferente ante el hambre, la falta de trabajo o la necesidad del hermano. La fe que no toca el bolsillo corre el peligro de no haber tocado todavía el corazón.




