ORANDO CON LA PALABRA

Vivimos en una cultura donde muchas veces los vínculos duran mientras resultan útiles, agradables o convenientes. Cuando el otro incomoda, decepciona o deja de responder a nuestras expectativas, aparece la tentación del descarte. Pero el Evangelio no entiende el amor como consumo: amar es aprender a permanecer, cuidar, perdonar y volver a elegir.

Esto no significa justificar el daño ni exigir que alguien permanezca sometido a la violencia, al abuso o a situaciones que destruyen su dignidad. La fidelidad cristiana nunca puede ser cómplice del sufrimiento. Jesús no defiende estructuras que esclavizan: defiende a las personas y propone relaciones donde nadie sea dueño de nadie.

Porque, al final, Jesús no nos pregunta solamente qué estado de vida elegimos. Nos hace una pregunta mucho más profunda: ¿qué estamos haciendo con el amor que hemos recibido?

La verdadera fidelidad no consiste simplemente en quedarse. Consiste en aprender cada día a amar sin poseer, cuidar sin dominar y entregarse sin anular al otro.

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La vida humana es un don sagrado que merece ser acogido, protegido y cuidado en todas sus etapas. Sin embargo, en muchas partes del mundo persisten situaciones de indiferencia, exclusión y violencia que amenazan la dignidad de las personas, especialmente de las que se encuentran en situación de vulnerabilidad. Cuando se debilita el respeto por la vida, crece también la cultura del descarte, dejando a muchos sin la atención, el acompañamiento y el reconocimiento que necesitan.