Corregir cristianamente no es descargar nuestro enojo, demostrar superioridad ni imponer nuestra manera de pensar. Solo tiene autoridad para corregir quien está dispuesto a seguir amando después de haber corregido.
La comunidad cristiana está llamada a vivir otra lógica: una Iglesia donde podamos decirnos la verdad sin destruirnos; reconocer nuestros errores sin sentirnos expulsados; pedir perdón sin sentirnos humillados; y volver a empezar sin quedar prisioneros del pasado.
La Iglesia no está llamada a ser un tribunal de perfectos, sino una comunidad de pecadores que se ayudan mutuamente a levantarse.
Porque la corrección verdaderamente cristiana no busca ganar una discusión ni demostrar quién tiene razón. Busca algo mucho más importante: ganar al hermano.




