También hoy resuenan los gritos de innumerables hombres y mujeres: los pobres, quienes viven atrapados por las adicciones, las víctimas de la violencia, los migrantes, los descartados, los ancianos olvidados, los jóvenes sin horizonte y tantas familias heridas. Son voces que muchas veces preferimos no escuchar porque cuestionan nuestras comodidades y desarman nuestras seguridades.
Los gritos de “los de afuera” no son una amenaza; son una llamada de Dios. Ellos nos obligan a salir, a revisar nuestras prioridades y a encarnar nuevamente el Evangelio en la realidad de nuestro tiempo.
Si dejamos de escuchar esos clamores, la fe corre el riesgo de convertirse en un refugio para unos pocos, incapaz de ofrecer esperanza al mundo.


