El Reino es un don gratuito de Dios, pero también exige una respuesta libre y valiente. No basta con admirar el tesoro desde lejos; hay que decidirse a vivir según el Evangelio. Cada acto de perdón, cada gesto de servicio, cada opción por la verdad, cada renuncia al egoísmo es una forma concreta de vender lo que impide poseer el verdadero tesoro.
Es verdad que experimentamos nuestra fragilidad. El pecado, el egoísmo y la indiferencia parecen muchas veces más fuertes que nuestros buenos deseos. Pero el Evangelio nos llena de esperanza: lo que parece imposible para el hombre es posible para Dios. Él mismo nos da la gracia para vivir aquello que nos pide.


