Debemos cuidarnos de una tentación muy sutil: dedicar más tiempo a arrancar la cizaña ajena que a cultivar el trigo de nuestra propia vida. El Reino no crece juzgando a los demás, sino dejando que el Evangelio transforme nuestro corazón.
Mientras caminamos por este mundo, el bien y el mal seguirán entrelazados. Nuestra misión no es resignarnos ni vivir obsesionados con el mal, sino sembrar con perseverancia el bien: justicia donde hay abuso, verdad donde reina la mentira, perdón donde hay odio y esperanza donde parece imponerse el desaliento.
El mayor peligro no siempre está fuera, sino dentro de nosotros. La autosuficiencia endurece el corazón, el orgullo apaga la vigilancia y el maligno encuentra espacio cuando dejamos de convertirnos. El verdadero discípulo no pierde el tiempo comparándose con los demás: cada día deja que Cristo arranque la cizaña de su corazón y haga crecer el buen trigo de su Reino.


