También hoy existe el riesgo de construir una fe apoyada en nuestras seguridades, en nuestras ideas o incluso en nuestras prácticas religiosas. Pero Dios siempre sorprende. Se revela donde hay humildad, sencillez, capacidad de escuchar y disponibilidad para cambiar de vida. Por eso, el primer paso del discípulo no es creerse fuerte, sino reconocerse necesitado.
La humildad no empequeñece a la persona; la hace capaz de Dios. Quien se sabe pobre deja espacio para que el Señor actúe. Y cuando Dios encuentra un corazón disponible, lo llena de una luz que ningún conocimiento humano puede alcanzar. Allí comienza la verdadera sabiduría: la de quienes descubren que el mayor tesoro no es saber muchas cosas sobre Dios, sino vivir en comunión con Él.



