El discípulo de Cristo nunca está llamado a perseguir, sino a aceptar la persecución si llega por causa del Evangelio. La Iglesia anuncia con la fuerza del testimonio, no con la imposición. Cuando se pretende defender a Dios mediante la violencia, se traiciona el rostro de Jesucristo. En cambio, cuando un cristiano permanece fiel hasta el final, incluso en medio de la prueba, el Evangelio se vuelve creíble.
Toda la historia de la Iglesia confirma esta paradoja: las épocas de mayor fecundidad espiritual no fueron las de mayor poder, sino las de mayor fidelidad. Los santos cambiaron el mundo no porque fueran los más fuertes, sino porque nunca dejaron de confiar en Dios.


