También hoy Cristo sigue llamándonos por nuestro nombre. Nos llama en un mundo herido por la violencia, la indiferencia, la corrupción, la cultura del descarte y el olvido de Dios. Frente a esta realidad, el discípulo no puede refugiarse en la queja ni resignarse a que las cosas sean así. Está llamado a ser esperanza.
Ser apóstol hoy es llevar luz donde crecen las tinieblas, sembrar reconciliación donde reina la división, defender la dignidad de toda persona cuando es pisoteada y hacer visible, con la propia vida, que el Reino de Dios ya está actuando. No alcanza con hablar de Cristo; hay que transparentarlo.
El Señor sigue pronunciando nuestro nombre y confiándonos la misma misión que dio a los Doce: acercar su misericordia, reunir a los dispersos, levantar a los que han caído y anunciar que Dios no ha abandonado al mundo.


