Para Jesús nadie está condenado a quedar al margen. Él toca a la mujer considerada impura y toma de la mano a una muerta, dos gestos que, según las normas de la época, también lo hacían ritualmente impuro. Pero Jesús demuestra que el amor es más fuerte que cualquier barrera religiosa o social. No teme contaminarse; teme, más bien, que una persona quede abandonada.
Este Evangelio sigue interpelando a la Iglesia y al mundo. También hoy existen muchas personas que viven heridas por el rechazo, la pobreza, la enfermedad, la discriminación o la soledad. Son los “intocables” de nuestro tiempo. El discípulo de Jesús no puede pasar de largo.
Cada vez que ayudamos a alguien a recuperar su dignidad, cada vez que abrimos un lugar para quien fue excluido o tendemos la mano al que ha caído, el Evangelio vuelve a hacerse realidad.


