También hoy corremos el riesgo de reducir la fe a normas, costumbres o prácticas religiosas, olvidando el encuentro vivo con Cristo. Podemos conocer la doctrina y, sin embargo, permanecer indiferentes ante el sufrimiento del hermano. Cuando una religión pierde de vista a la persona concreta, deja de transparentar el rostro de Dios.
El proyecto del Padre se hizo visible en Jesucristo. Él asumió nuestra condición humana para que nadie se sintiera excluido de su amor. Se acercó a los pobres, a los pecadores y a los descartados, mostrando que el Reino comienza allí donde una persona vuelve a descubrir su dignidad.
Ahora somos nosotros quienes estamos llamados a prolongar su presencia en el mundo. No basta con hablar de Dios; debemos hacerlo visible con nuestra vida. Cada gesto de misericordia, cada acto de justicia, cada reconciliación y cada compromiso con los más vulnerables hacen presente el Reino.


