Siempre corremos el riesgo de conservar prácticas religiosas mientras nuestro corazón permanece encerrado en el pasado, en la rutina o en la autosuficiencia. Podemos aferrarnos a formas, tradiciones o costumbres y, sin embargo, resistirnos a la acción siempre nueva del Espíritu.
Cristo no vino a mejorar un poco nuestra vida; vino a recrearla desde dentro. Quien se encuentra verdaderamente con Él descubre un corazón nuevo, una mirada nueva y una esperanza nueva. Por eso el cristianismo, en su esencia, no puede vivirse como una carga, sino como la alegría de saberse amado, perdonado y salvado.
La Iglesia está llamada a custodiar esa novedad. No vive de la nostalgia de un pasado idealizado, sino de la presencia viva del Resucitado, que sigue haciendo nuevas todas las cosas. Allí donde el Espíritu encuentra corazones disponibles, siempre nace una creación nueva.


