También nuestra vida es una barca pequeña. En ella caben nuestras alegrías y nuestras heridas, nuestros proyectos y nuestros fracasos. Habrá días de mar sereno y otros de olas inmensas. Lo decisivo no será la fuerza de nuestra embarcación, sino quién viaja con nosotros.
Cuando todo parezca tambalearse y sintamos que el suelo desaparece bajo nuestros pies, recordemos que nuestro Salvador es el Dios hecho hombre, el Emmanuel, el Dios-con-nosotros, que prometió permanecer a nuestro lado hasta el fin de los tiempos.


