Esta solemnidad es también una llamada para cada uno de nosotros. Todos estamos invitados a vivir una continua conversión hacia Dios y hacia el mundo según los criterios del Evangelio. Conversión hacia Dios para permanecer fieles a la verdad recibida; conversión hacia el mundo para anunciar esa verdad con un lenguaje capaz de tocar el corazón de los hombres y mujeres de nuestro tiempo.
Que Pedro nos enseñe la humildad de volver siempre al Señor después de nuestras caídas y la valentía de confesarlo como el Hijo de Dios vivo. Que Pablo nos regale la pasión por el Evangelio, la audacia para salir de nuestras seguridades y el entusiasmo de anunciar a Jesucristo sin miedo.
Porque la Iglesia seguirá siendo fecunda mientras conserve el corazón de Pedro, firme en la comunión, y el ardor de Pablo, siempre en salida. Sólo una Iglesia profundamente unida y permanentemente misionera podrá seguir mostrando al mundo el rostro vivo de Cristo.


