Vivimos en una cultura que confía mucho en el poder, en la técnica y en los recursos humanos, pero que con frecuencia olvida la fuerza transformadora de Dios. El Evangelio nos invita a reconocer humildemente nuestra necesidad y a creer que una sola palabra de Cristo puede sanar aquello que parece imposible.
La fe verdadera no consiste en tener todas las respuestas, sino en confiar en Aquel que las tiene. No consiste en apoyarse en las propias fuerzas, sino en abandonarse en las manos de Dios. Por eso el centurión sigue siendo un modelo para todos los creyentes: un hombre que se sabía pequeño, pero que creyó en grande.

