También hoy el discípulo está llamado a esa misma lucha. No contra personas, sino contra todo aquello que desfigura el rostro de Dios en el hombre. Allí donde un ser humano es humillado o privado de su dignidad, allí debe estar presente la voz del Evangelio.
No debemos cansarnos ni avergonzarnos de dar testimonio de Cristo. El miedo nunca puede ser más fuerte que la misión. El Evangelio posee una fuerza que ninguna persecución puede detener, porque no depende de nuestras capacidades, sino del Espíritu de Dios que actúa en la historia.
Quien vive para el Reino sabe que cualquier pérdida es pasajera y que ninguna entrega hecha por amor queda estéril.

