La palabra es uno de los dones más grandes que Dios ha puesto en nuestras manos. Con ella podemos construir confianza, crear comunión, sanar heridas y transmitir esperanza. Pero también podemos engañar, herir y sembrar división. Por eso Jesús pide una integridad que unifique lo que pensamos, lo que decimos y lo que hacemos.
Toda mentira, toda doblez y toda manipulación oscurecen la imagen de Dios en nosotros. En cambio, la verdad nace de una conciencia recta y de un corazón reconciliado con Dios. Cuando una persona vive en la verdad, no necesita convencer a nadie mediante fórmulas solemnes: su vida habla por ella.

