Con estas palabras Jesús nos revela que se puede herir, destruir y hasta matar a una persona sin derramar una sola gota de sangre. Se mata con la descalificación, con la mentira, con el insulto, con el rechazo, con la humillación y con la indiferencia que ignora el sufrimiento del otro.
Por eso la reconciliación con el hermano ocupa un lugar central en la vida del discípulo. No hay culto agradable a Dios si el corazón permanece cerrado al perdón. Antes de acercarse al altar, Jesús invita a reconstruir los vínculos rotos. La fraternidad no es un añadido del Evangelio; es uno de sus signos más auténticos.

