La Eucaristía tiene una fuerza profundamente profética. Nos recuerda que no se puede comulgar con Cristo y ser indiferentes al hambre de los pobres, al sufrimiento de los descartados, a las heridas de los pueblos o a las divisiones entre hermanos. El Pan de Vida nos impulsa a construir una humanidad nueva, fundada no en la competencia ni en el egoísmo, sino en la fraternidad y el amor compartido.
Jesús deja claro que la condición indispensable para el mundo que Dios sueña es el amor sin medida. Un amor que no calcula, que no retiene, que no se reserva nada para sí. Él mismo nos da, en su carne entregada y en su sangre derramada, la posibilidad de vivir de ese modo.

