La fe en la resurrección no nos aleja de la historia ni nos vuelve indiferentes al sufrimiento humano. Al contrario, nos da la fuerza para comprometernos más profundamente con la vida, para luchar por la justicia, para sembrar esperanza y para seguir amando aun en medio de las pruebas. Porque quien sabe que está destinado a la vida eterna puede vivir el presente con libertad, valentía y alegría.
El cristiano no camina hacia una tumba, sino hacia el encuentro definitivo con el Dios de la Vida.

