Jesús denuncia proféticamente toda forma de egoísmo y acumulación que deja afuera a los demás. No se puede pertenecer al Reino conservando criterios de superioridad, poder o privilegio. En el Reino, el más grande es el que se hace servidor de todos.
Lo que vale delante de Dios no tiene precio, pero sí tiene valor. Una madre no pone precio a su amor. Un amigo verdadero no cobra por su fidelidad. Jesús no pasó factura por su entrega en la cruz. El amor auténtico siempre es gratuito.
Ahí está la profecía del Evangelio: en un mundo donde todo parece comprarse y venderse, Jesús revela que lo más importante solo puede nacer del amor hecho justicia, misericordia y entrega.

