El discípulo de Cristo vive esta tensión permanente: pertenece plenamente a la realidad humana, comparte las luchas y dolores de su tiempo, pero al mismo tiempo está consagrado para vivir según la lógica del Reino. No sigue las falsas bienaventuranzas del poder, del individualismo o del éxito vacío, sino las bienaventuranzas de Jesús: la humildad, la misericordia, la justicia, la paz y el amor entregado.
También hoy el Señor sigue llamando discípulos capaces de vivir con espíritu profético en medio de un mundo herido. Hombres y mujeres que no se resignen a la mentira ni a la injusticia, sino que anuncien con su vida que otro mundo es posible cuando Dios ocupa el centro.

