Jesús afirma incluso que la presencia del Espíritu será más necesaria que su presencia visible. Hasta ahora, Él era para los discípulos un modelo externo; desde Pentecostés, por la acción del Espíritu, Cristo quiere habitar en ellos y transformarlos desde el interior.
También hoy la Iglesia necesita redescubrir esta fuerza profética del Espíritu. No está llamada solamente a denunciar el pecado y las injusticias del mundo, sino también a anunciar caminos nuevos, gestos concretos de fraternidad, esperanza y dignidad para los más heridos de nuestro tiempo. Allí donde crecen la indiferencia, la violencia, la soledad o la cultura del descarte, el Espíritu sigue suscitando discípulos capaces de vivir el Evangelio con valentía y ternura.
