El discípulo de Cristo es alguien “separado”, no porque se aleje de la gente, sino porque elige vivir según otro criterio: el de Jesús. Su única medida es Cristo. No somos nosotros quienes debemos acomodar el Evangelio a la mentalidad del mundo; somos llamados a dejarnos transformar por Jesús para transformar el mundo en Reino de Dios.
Hoy más que nunca necesitamos cristianos con alma profética: discípulos que no negocien la verdad, que no se acostumbren a la injusticia, que no callen frente al sufrimiento de los pobres y que vivan con la valentía de las primeras comunidades. Porque «Jesucristo es el mismo ayer, hoy y siempre», y su Evangelio sigue siendo una luz incómoda que ninguna oscuridad puede apagar.
