La alegría del Evangelio no puede encerrarse en uno mismo. Cuando el amor de Dios toca el corazón, necesariamente se vuelve misión. Por eso la Pascua nos empuja a salir al encuentro de los que viven solos, de los que se sienten fracasados, de los enfermos, de los pobres, de los descartados, de los que cargan heridas invisibles y sienten que ya no valen nada para nadie.
En un mundo donde crecen el individualismo, la indiferencia y el descarte, Jesús sigue diciendo: “Permanezcan en mi amor”. Porque solo el amor salva. Solo el amor reconstruye la vida herida. Solo el amor hace posible una alegría que nadie puede quitar.

