Por eso hay una verdad fuerte y paradójica: solo puede “luchar por la paz” quien primero aprende a “recibir la paz”.
Hoy Jesús nos vuelve a decir: “Mi paz les doy”.
Y esa paz no es idea ni discurso: es un estado de gracia que se construye en lo profundo del corazón.
Una paz que nos vuelve más humanos.
Más hermanos.
Más capaces de cuidar la vida.
Una paz que nace de la entrega, del respeto, de la solidaridad.
Una paz que, cuando es verdadera, se nota… porque transforma todo.

