Ser discípulo es vivir con esta certeza: Dios no se guarda nada, quiere compartir su vida con nosotros. Pascua no es solo recordar que Jesús resucitó. Es dejarnos introducir en una comunión viva con Él. Es permitir que Dios habite en nosotros y nos convierta en templos de su presencia.
Y porque conoce nuestra fragilidad, Jesús nos hace una promesa decisiva: el don del Espíritu Santo. Él es el verdadero protagonista de nuestra fe. Es quien nos enseña, quien nos recuerda las palabras de Jesús, quien nos va transformando desde dentro.
Sin el Espíritu, todo queda en idea.
Con el Espíritu, la Palabra se hace vida.

