Así como el Padre lo envió, Jesús nos envía al mundo. Y ese envío no es con discursos, sino con gestos. El mismo Jesús que nos dejó la Eucaristía —su Cuerpo entregado y su Sangre derramada— nos pide que hagamos lo mismo con nuestra vida. No podemos comulgar su entrega sin volvernos, nosotros también, personas entregadas.
Este es el corazón del Evangelio: no se trata de hablar del amor, sino de encarnarlo: no es un mensaje para repetir, es una vida para vivir.
Y ahí está la dicha verdadera: cuando uno empieza a vivir así, descubre algo nuevo. Descubre que Dios no es una idea lejana, sino una presencia que se experimenta en el amor concreto. Y entonces la vida deja de ser un “ir tirando”, un “vivir por vivir”, y se convierte en una entrega con sentido, en una vida que realmente vale la pena.

