Así como el pan de cada día sostiene la vida, este Pan sostiene la eternidad en nosotros. Pero no es magia ni costumbre: es fe viva. Es dejarnos transformar por Aquel que se nos da.
Porque la Vida eterna no es algo que empieza después: es Jesús mismo viviendo en nosotros ahora, y esa vida tiene un nombre concreto: amor. Un amor que no puede quedarse en palabras ni en devociones aisladas. Si es verdadero, se vuelve gesto, cercanía, entrega. Se vuelve pan partido para otros.
Por eso, una Iglesia que comulga de verdad no puede encerrarse.
O se hace pan para el mundo… o traiciona la Eucaristía que celebra.
En medio de tantos signos de muerte —violencia, descarte, indiferencia—, el Señor sigue llamando a la vida. Él es el único que puede hacer fecundo lo que parece perdido, resucitar lo que parece terminado.

